Hasta hace algunos años, cuando todavía los voraces de toda laya, nacionales e internacionales (ahora con la globalización, peor tantito, ya México parece sanitario de terminal de autobuses) eran menos voraces y se ensañaban menos contra sus objetivos, solía hablarse del orgullo nacional.
La agachonería proverbial de la inmensa mayoría de nuestra población encontraba mejor cauce, pues –pensaban– era mejor agacharse ante presidentes que lo parecían, que… bueno, ya saben.
Hoy, el orgullo ha sido abatido. La mayor parte de quienes vegetan en nuestra actual sociedad ni lo conocen, como tampoco conocen el honor, el valor de la palabra empeñada, la importancia de lograr las cosas a base de esfuerzo, la propia dignidad. Quizá al irnos minando el orgullo (ese orgullo que los poetas románticos atribuyeron a la raza de bronce) a base de escupitajos en el rostro, violaciones sodomíticas sin lubricante alguno y carcajadas insultantes luego de que “nos vieron la cara”, quienes se reparten la patria como botín han ido preparando la carne molida para que se la engullan los grandes voraces. No es de este sexenio nomás: ha sido un proceso que se aceleró a partir del ocaso lopezportillista. Quizá ese difunto ex presidente vislumbró (en nuestro país hay excelentes analistas pero no los pela nadie, al menos nadie de los que toman las decisiones; en su soberbia, los dictadorzuelos consideran a las voces de la conciencia que se expresan en los medios más o menos como virus del sida ideológico) lo que ahora está sucediendo, y por eso le ganaron las lágrimas en su último informe, no por inclinación a lo histriónico como los “malditos de la prensa” pensamos en su momento.
Sin orgullo, ni noción siquiera de por qué debíamos sentirlo, ya nomás nos dejaron la vergüenza. Y eso, para quienes todavía somos capaces de sentirla. Porque la inmensa mayoría, entre “talk shows”, “reality shows”, programas de chismes de lavadero y otras mierdas purulentas y plagadas de oxiuros que saturan los medios de comunicación electrónicos, están hechos justamente lo que los destructores de la patria siempre soñaron: carne molida, inerme e inerte, para que se la traguen sin problemas. Sin sesos, sin más aspiraciones que tragar cerveza, fornicar (además, mal), oír música chafa a todo volumen, engullir botanas transnacionales y ver el futbol.
Hay quienes se divierten mucho con las desbarradas cotidianas de quienes ocupan puestos en los podres (en esta errata como que me traicionó el subconsciente, ¿no?) ejecutivo y legislativo (las del judicial, por injustas y por incidir directamente en la carne viva de la carne molida, esas sí producen encabronamiento permanente, aunque de allí no pasa porque en esta democratura el pueblo vale menos que un comino). Será que se ríen por no llorar.
Pero, ¿hasta dónde nos va a llevar la desvergüenza de los de arriba, que es la vergüenza nacional ante todo el mundo? ¿En qué pezuñas –que no manos– está el destino de un país que lo tiene todo para triunfar, pero que hasta ahora no ha servido sino de pasto para voraces marranos (con perdón de los cuinos)?
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