Por Gloria Fuentes
La población de refugiados y migrantes en el mundo ha crecido en forma exponencial. El fenómeno ha tomado tales características que la migración, con sus inevitables efectos, ha sido llamada "uno de los grandes retos del siglo XXI”.
Los desplazamientos humanos, portadores de transformaciones en múltiples ámbitos sociales, políticos y culturales, se remontan a los orígenes de la civilización. Históricamente, los grandes sucesos mundiales han implicado migración: las religiones y la economía produjeron peregrinos o colonizadores; las guerras desplazaron refugiados; los trastornos políticos han obligado a millones a abandonar su tierra natal; las innovaciones económicas atraen como imanes a trabajadores y empresarios; los desastres como la hambruna o las epidemias empujan a los sobrevivientes a dondequiera que parezca haber esperanza.
Por citar unos cuantos ejemplos, hubo significativas migraciones en el bíblico Éxodo, a bordo de los barcos vikingos o en las naves de los traficantes de esclavos y durante la guerra civil española, o con el desplazamiento secreto de refugiados judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Según estimaciones de los especialistas, 60 millones de europeos abandonaron su hogar, por diversas causas, entre los siglos XVI y XX. En Asia, 15 millones de hindúes, sijs y musulmanes fueron desarraigados por la reorganización de ciudadanos entre India y Pakistán después de la división del subcontinente en 1947.
Una de las migraciones más numerosas de los últimos años ocurrió en diciembre de 1996, con el repentino retorno de más de 450 mil refugiados ruandeses de los campos de Tanzania a su país natal, después de las sangrientas revueltas de 1994 y 1995. Obligados por plazos límite fijados por el gobierno, los refugiados vaciaron los enormes campamentos en menos de una semana e iniciaron el regreso a su patria. Aunque desplazamientos multitudinarios como éste son infrecuentes, todos los días migran miles de personas en el mundo, en busca de un nuevo hogar. Su presencia, necesariamente, produce cambios y genera inquietudes.
CIFRAS
Según
datos de la ONU (2002-2003), alrededor de 175 millones de personas en el mundo residen
actualmente fuera de su país de origen. El 60% de ellos viven en las regiones
más desarrolladas y el 40% restante en las menos desarrolladas. La mayor parte
están en Europa (56 millones), Asia (50 millones) y Norteamérica (41 millones).
Casi uno de cada diez habitantes en las
regiones más desarrolladas es un migrante; en los países en desarrollo la
relación es de un migrante por cada setenta habitantes.Se calcula que hay 100 millones de emigrantes en situación regular en todo el mundo; a la cifra deben añadirse entre 10 y 30 millones de irregulares. En el curso de un siglo, los tiempos recientes las políticas demográficas de la mayoría de los países del Norte y del Sur han tendido a reducir los flujos migratorios, centrándolos en necesidades específicas del mercado de trabajo y en la inmigración de mano de obra cada vez más calificada. De cualquier manera, más de dos millones de personas llegan todos los años a los países del Norte, sin contar los clandestinos que, en el caso de Estados Unidos, según estimaciones, equivalen al total de los inmigrantes oficiales.
Sin embargo, las corrientes Sur-Sur son aún más importantes: los Emiratos Árabes Unidos tienen 80% de trabajadores inmigrantes; Arabia Saudita, 34%. Tailandia, Filipinas e Indonesia suministran grandes contingentes a Australia, Japón y otras partes. La organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) estimó un millón de residentes extranjeros en Malasia antes de 1997, pero para fuentes privadas, alcanzarían tres millones. La migración en África es poco conocida y faltan datos precisos aunque, hacia 1990, incluyendo refugiados, la Organización Internacional del trabajo (OIT) los calculaba en 35 millones.
Además, los conflictos regionales han desplazado poblaciones enteras: más de 6 millones de afganos (33% de la población) huyeron al extranjero entre 1979 y 1994, según datos de la ACNUR, y más de un millón de bosnios fueron desplazados al interior de la República de Bosnia en diciembre de 1995.
CAUSAS
Entre las causas de las migraciones contemporáneas sobresalen: las generadas por la economía de mercado; la movilidad internacional de la fuerza de trabajo y la innovación tecnológica; la sustitución constante de trabajadores por subsidios de desempleo y jubilaciones anticipadas; el ansia e ingenuidad de la fuerza de trabajo joven y la temporalidad de los contratos; la disponibilidad permanente de mano de obra barata fuera de los países desarrollados; la atracción –potenciada por el efecto de los medios de comunicación– que ejercen los sistemas de vida y consumo de las naciones desarrolladas, y el ideal de progreso y libertad personal que ofrecen los países democráticos a quienes viven en regímenes autoritarios. Quienes emigran desde los países subdesarrollados quieren ser occidentales en lo económico, pero mantener la identidad y sus ideales espirituales. Las contradicciones y conflictos de interpretación tanto por parte de los migrantes como de los países receptores surgen aquí: la economía de mercado es occidental, y por tanto también la forma de cultura que genera. Mientras los migrantes piden respeto a su identidad de origen, la sociedad anfitriona sostiene su cultura como valor definitivo: el trabajo que ofrece no es negociable en términos de identidad; sólo en términos económicos, como un valor de mercado. En ese contexto, las cuestiones de identidad se vuelven incongruentes para el receptor, aunque sean esenciales para el inmigrante, y esto es una fuente de conflictos que van mucho más allá de lo dialéctico.
Actualmente, preocupados por las consecuencias sociales, políticas y demográficas de la inmigración, alrededor de 40 gobiernos en el mundo, tanto de países desarrollados como en desarrollo, han implantado medidas tendientes a restringirla. Pero que no solucionarán la proliferación de desplazamientos humanos fuera de sus territorios natales. Suena a perogrullada pero si los niveles de vida, consumo, bienestar y calidad del hábitat presentes en los países receptores de migrantes lo estuvieran, aun cuando fuese en menor grado, en los expulsores, se reducirían por sí mismas las cantidades de quienes emigran en busca de la oportunidad de una mejor vida, a la que tendrían acceso sin necesidad de desarraigarse, ni de perder sus creencias e identidad. Recordemos que 52 de los 200 países que conforman el mundo hasta hoy, terminaron el siglo XX con mayor pobreza.
En julio de 2000 Kofi Annan, entonces secretario general de la ONU, propuso un pacto mundial para el correcto manejo de la comunicación, el comercio, la cultura y la inmigración a fin de evitar un mayor desequilibrio entre países ricos y pobres. Curiosamente los países que registran mayor emigración no son los más pobres, sino los de economía intermedia, que han empobrecido debido al endeudamiento externo, los ajustes impuestos por el FMI y el aumento del desempleo por la implantación de nuevas tecnologías y la entrada de trasnacionales, que aniquilaron gran cantidad de negocios medianos, pequeños y familiares. Así pues, puede afirmarse que el gran fracaso de la economía de mercado es su incompetencia para distribuir equitativamente, entre todos los países, los recursos y modos de vida con los que intenta conquistarlos, pero sin integrarlos a los beneficios de la participación económica.
La expectativa más extendida acerca de cómo evolucionará el fenómeno de las migraciones humanas en los próximos años es que se incrementarán hacia los países del Norte que, al cerrar sus fronteras, provocarían un aumento de la migración clandestina. Pero se prevé que la mayor atracción se dará entre países del Sur, pues la tendencia a la diversificación de sus economías demanda mano de obra. Además, se sumarán a la migración técnicos y profesionistas.
Independientemente de las cuestiones económicas, existen otros dos agravantes de la presión migratoria: los conflictos regionales y étnicos que producen migraciones hacia los países desarrollados, convirtiendo un conflicto social en problema político, y los cada vez más frecuentes desastres ecológicos con su acompañamiento de enfermedades y hambre.
Son las causas, más que la manifestación del fenómeno en sí, lo que urge a replantear los enfoques sobre los derechos del hombre, la adecuada distribución de la riqueza, la ponderación de la ciudadanía, la conservación y racional explotación de los recursos naturales en nuestro planeta y el bien de la humanidad.
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