TRAMPA MUSICAL
“Solicito joven guitarrista de rock
con experiencia en el género, para asistir a una persona anciana y cuidar su
casa”.
Estos
extraños términos fueron leídos por Gerardo en un anuncio aparecido en el
diario de ese día. Aunque le extrañó un poco, anotó con cierta premura el
domicilio consignado en el anuncio y se apresuró para ir al encuentro del
empleo.El señor Armando Acosta, un hombre de unos 75 años, platicó con Gerardo durante largo tiempo; el anciano resultó ser un verdadero fanático de la música de rock, amplio conocedor de los máximos exponentes del género en las décadas de los 60, 70, 80, 90 e incluso del año 2000; hasta demostró sus conocimientos tanto de progresivo como de metal, dark y gótico europeo, americano y latino.
Gerardo estaba maravillado ante tanta información. Además, la colección que poseía el señor Acosta, tanto de discos de acetato como de CD’s era impresionante, pero lo que más llamó su atención es que, aunque su futuro patrón no era músico, tenía en su casa una amplia habitación llena de guitarras eléctricas y acústicas.
Armando era un hombre achacoso y enfermo pero, igual que era un fanático de la música, era un erudito en esoterismo y renombrado cabalista, respetado en un sinnúmero de logias filosóficas. Le explicó a Gerardo que deseaba un asistente que fuera músico, a fin de que le acompañara de planta y le recreara cotidianamente con este arte. El sueldo que ofrecía era muy alto, por lo tanto, tentador, así que Gerardo aceptó de inmediato el empleo.
Su trabajo, además de bien pagado, resultó muy cómodo, ya que su patrón lo trataba como si fuera su hijo.
Una tarde, Gerardo contemplaba embelesado la enorme colección de guitarras. Armando lo sorprendió admirándolas. Entonces lo incitó a tocarlas e interpretar algunas joyas musicales, pues, dijo, esos instrumentos habían pertenecido a luminarias del rock de todos los tiempos. “Las guitarras son como las máquinas —le explicó—, si no se trabajan de vez en cuando se atrofian”.
Los ídolos de Gerardo se hicieron presentes en su mente cuando interpretó, en los instrumentos originales, las piezas musicales que crearon leyendas.
Una tarde, llamó vivamente su atención una guitarra eléctrica de color rojo cobrizo guardada dentro de una urna de cristal transparente. Armando le comentó que dicho instrumento no había pertenecido a ningún astro del rock, sino que estaba esperando ser tañido por un ejecutante que reuniera ciertas cualidades espirituales y astrológicas, y que debía ser tocado en determinada fecha en la cual ciertos astros se conjugarían creando una figura armoniosa en el cosmos. “Será —dijo, emocionado— una conjugación de energías que abrirán un portal dimensional al combinarse con ciertas notas musicales”.
Pero luego explicó que, hasta ese día, él ignoraba cuándo sería exactamente la fecha en que ocurriría dicho fenómeno astronómico, y que por tanto esa guitarra era la única reliquia intocable en toda la colección.
Gerardo disfrutaba a diario de las interpretaciones que realizaba en los diferentes instrumentos, pero su codicia por tocar alguna pieza en la hermosa guitarra del estuche de cristal aumentaba día a día.
Un día, Armando le encomendó la custodia de su casa, explicando que debía realizar un viaje a causa del cual se ausentaría durante tres meses. Durante el primer mes Gerardo escuchó día y noche el enorme acervo musical, décadas de prodigios creados por exponentes que cambiaron magistralmente el sendero del rock en todas sus variantes. Día a día practicaba lo aprendido de tal o cual grupo musical y aumentaba sus conocimientos en el tema.
Al segundo mes, en el octavo día a la medianoche llamó su atención un extraño brillo que rebotaba en la oscuridad de la habitación de las guitarras: éste provenía del estuche de cristal. Intrigado sacó la guitarra prohibida, de la cual emanaba un extraño resplandor. Al sostenerla en sus manos sintió un estremecimiento de gozo y cautivado por la sensación se dispuso a ejecutar una canción de su inspiración. Ante su asombro, el sonido se amplificó como si el instrumento estuviese conectado a un amplificador de alto poder.
La ejecución de su canción se volvió una obertura y ésta a vez tornóse en una suite de hermosas figuras. Su virtuosismo aumentaba a medida que se sumergía en la ejecución automática, mágica y magistral… el sonido lo poseía, lo devoraba. El requinteo rítmico e improvisado creaba una verdadera obra de arte y ésta se enriquecía con la sabiduría musical que emanaba de sus manos magistrales, su ser se fundía en una rapsodia rockera.
Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que el reloj de pared dejó de funcionar. El tiempo se paralizó, pero la ejecución musical parecía haber tomado vida propia.; la inspiración fluía desbordante y el ejecutante creaba nuevos sonidos, nuevas armonías, nuevas conciencias musicales. Gerardo no dejaba de tocar la guitarra, ésta lo poseía.
De pronto notó asombrado que ya no se encontraba en la habitación, su humanidad flotaba en un vacío sin forma ni color; veía sombras sin forma definida que vagaban y rebotaban entre sí como pelotas de goma. Cuerpos extraños, también sin forma definida, aparecían y se desvanecían. En fracción de segundos, el vacío se llenó de un tono grisáceo anaranjado. Entonces aparecieron paisajes planos e imágenes de personas carentes de volumen que caminaban de frente a paso sistemático pero, al caminar de lado, su perfil se veía como hojas de papel en un mundo de papel.
Gerardo, aunque azorado por tal visión, no podía dejar de tocar. Sudaba copiosamente y un frío aterrador inundó su ser. Ahora el vacío se llenó de color rosa azulado y aparecieron seres inconcebibles para el razonamiento humano: híbridos diabólicos que reían con estentóreas carcajadas, pero su risa era más un quejido lastimero que helaba la sangre… era una multitud de seres de inenarrable descripción que subían y bajaban desgarrándose entre sí, creando a la vez nuevas y horrendas formas que al moverse parecían devorar el abismal vacío, el cual era helado en extremo pero, por fracciones de segundo, se volvía ardiente como un horno volcánico.
Las manos de Gerardo no dejaban de crear esquemas musicales fuera de la razón. Ahora el vacío se volvió de color azul dorado cobrizo y la música se precipitó en una cascada de notas angelicales, la vertiginosa figura musical trascendió en acordes de paz dimensional y calma espiritual. Entonces se acercaron, como si danzaran, círculos, triángulos, cuadrados y otras innumerables formas geométricas de colores tornasolados y tamaño natural, cual si fueran personas de otra dimensión.
Gerardo tomó conciencia de que aquellos seres eran ángeles, arcángeles, querubines, coros y diferentes jerarquías celestes que le acompañaban y le rodeaban. Cuando volvió a ser consciente de su persona física, notó que ésta había cambiado: ahora era un humanoide de cristal de múltiples colores, elástico y sonoro… sentía cómo seguía tocando la guitarra, pero no la veía; más bien sus manos manipulaban una extraña plastilina incolora. Ahora su ser manifestaba una calma trascendental, su espíritu flotaba en paz y tranquilidad.
En ese momento trató de recobrar la conciencia acerca de quién era y de dónde procedía. Con dificultad recordó que se llamaba Gerardo, pero sólo de eso podía acordarse. Sintió cómo su conciencia se iba esfumando como un soplo de viento. Su ser estalló en millares de fragmentos de multicolores, luego en haces de luz y tomó conciencia de su acercamiento con el Creador. De su ser espiritual emanaba una lluvia musical y la voz del cosmos se manifestó en una multisonora gama de tonos nunca antes escuchados.
La música se conjugó en una sola estrofa de colores y sonidos. La explosión estelar que era él mismo creó una nueva galaxia con múltiples planetas. Nuevos sistemas de estrellas poblaron el vacío y se agregaron al cosmos, y en ellas nuevas formas de vida dieron comienzo…
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Armando contempló consternado el informe del hospital psiquiátrico de la localidad: los médicos le informaron fríamente la situación clínica de su empleado Gerardo, el cual se encontraba en estado catatónico desde hacía más de un mes. En raras ocasiones, le explicaron, el paciente mostraba signos de conciencia. Se apreciaban pérdida de la visión, del oído y del habla, y con frecuencia se contorsionaba como si tocara frenéticamente una guitarra imaginaria. Podía durar así hasta cinco horas, para volver a caer en la inconsciencia absoluta.
Luego de este último comentario, el médico a cargo propuso a Armando que diera su autorización para practicar la eutanasia al paciente. Con lágrimas corriendo por sus mejillas Armando aceptó, firmó el documento e informó a los médicos que desconocía por completo si el infortunado Gerardo tenía pariente alguno.
Días después Pedro, un experimentado guitarrista de rock, pero desempleado, aceptó el trabajo que el extraño anciano que había puesto el anuncio en el periódico le propuso. A la semana de estar laborando allí, don Armando le indicó que se ausentaría durante tres meses y dejaría su casa a su cuidado. Le dejó una buena cantidad de dinero que sería suficiente hasta su regreso. Le dijo que podía disponer de todo. Sólo le suplicó que no tocara la guitarra de color rojo cobrizo que se hallaba dentro de un estuche de cristal, pues ésta había pertenecido a su hijo Gerardo, quien había fallecido en forma un tanto trágica.
Al segundo mes, al octavo día, a la media noche, algo llamó la atención de Pedro: un extraño brillo provenía de la habitación de las guitarras; para ser exactos, emanaba del estuche de cristal…
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Estupendo blog! Maravilloso cuento!!! Padrísimo poder compartirlo en face. Ya lo envié a algunos amigos rockeros... Para que vayan solicitando el empleo... ¿no?
ResponderEliminarMientras no les gane la curiosidad, tendrán un empleo bastante cómodo, Martha... je, je, je.
EliminarGracias por las porras, esperemos que este blog se vaya llenando de cosas interesantes y divertidas.
Jejeje... así lo espero querida Gloria, ya iré leyendo con calma todos los artículos.
EliminarMucho éxito!!!